viernes, 30 de marzo de 2012

Recortes a la ciencia


NOTA ORIGINAL EN EL RETORNO DE LOS CHARLATANES

C.RonaldoRM-MILAN
Los 752 millones de euros que adeudan a Hacienda los
clubes de fútbol españoles bastarían para cubrir más de
la mitad del recorte que ha sufrido la ciencia en España.
(foto de Alejandro Ramos, licencia CC-BY-SA-2.0,
vía Wikimedia Commons)
¿Por qué el nuevo gobierno español del Partido "Popular" ha emprendido el mayor ataque contra la investigación científica de la historia del país?

El Centro de Investigaciones Príncipe Felipe, considerado en su momento como uno de los 150 mejores del mundo, fue la punta de lanza. A los despidos abiertos de investigadores científicos y empleados se sumó la subrepticia cancelación de becas a profesionales que estaban realizando sus trabajos de doctorado y postdoctorado. Especialistas en cuya formación España ya había invertido cientos de miles de euros y horas de esfuerzo se vieron de pronto en la calle, con un proyecto a dos años cortado a la mitad, sin posibilidad de reanudarlo, sino obligados en todo caso a volver a empezar su doctorado esperando que una nueva convulsión ultraliberal no los vuelva a dejar a la vera del camino.

Pero no es el único caso. En numerosos centros de investigación se ha echado por la puerta a investigadores y a los equipos humanos indispensables para que realicen sus investigaciones. Se ha agotado el dinero para materiales, equipos, reactivos y otros suministros indispensables para trabajos de vanguardia en todo tipo de disciplinas, desde la oncología y la neurociencia hasta la física de partículas y los nuevos materiales.

Desde 2009, los recortes han alcanzado el 31,5% del dinero que España invierte en ciencia, una reducción de 1.315 millones de euros para dejar la inversión, en 2012, en 2.860 millones. Que parecerían mucho si uno no sabe lo que significan estas cifras y lo que se pierde.

Por desgracia, gracias a unos medios de comunicación que informan generalmente mal sobre ciencia, privilegian la pseudociencia y el misticismo barato del New Age, sin contar una publicidad machacona, ciega e irresponsable por la fobia a la ciencia, la desconfianza al conocimiento y el antiintelectualismo, el público en general no sabe lo que está perdiendo. Lo que pierden todos y cada uno de los que ponen esos 2.860 millones.

A las tendencias anticientíficas y a las pseudociencias relacionadas con superpoderes, platívolos, misticismo, salud y conspiraciones, se une otra forma de charlatanería oculta tras la idea de la rentabilidad a corto plazo y el utilitarismo miope.

Para los neoliberales de pueblo chico, un pecado imperdonable de esos señores que hacen cosas raras llamada ciencia (y que con frecuencia le faltan al respeto a la religión con sus conocimientos y descubrimientos) es que no ofrecen garantía de resultados financieros bonancibles, y menos aún a corto plazo.

Erich von Daniken
¿Erich Von Däniken asesor económico
del gobierno del PP?
(foto de By Michal Maňas, CC-BY-SA-2.5,
vía Wikimedia Commons)
Piense usted en los charlatanes como Erich Von Däniken, que basan todo su edificio de fantasías en que ellos "no se pueden imaginar" cómo unos egipcios de la edad del bronce hacían pirámides. Del mismo modo, los políticos en general "no se pueden imaginar" cómo es que las investigaciones en cosas que sus limitados cerebros no atinan a figurarse (digamos, la búsqueda del bosón de Higgs en el LHC o la derivación de líneas celulares que se hacía en el CIPF) pueden convertirse en dinero, particularmente para la industria privada de la que son valedores.

Y digo los neoliberales de pueblo chico porque los neoliberales verdaderos a los que éstos imitan desestructuradamente, los defensores del ultracapitalismo en países con más tradición científica y más poder económico, no caen en ese garlito. Por eso en Estados Unidos, el presupuesto científico estatal de 110.000 millones de euros en 2011 (apoyado por los partidos republicano y demócrata casi monolíticamente, salvo algunas discrepancias puntuales) es inferior a la inversión en ciencia que proviene de la industria privada, otros 253.600 millones de dólares (193.440 millones de euros). Y esto lo pone el gran capital no por ser de natural bondadoso ni por amar al conocimiento, sino porque sabe que es necesario invertir en muchísimas líneas de investigación para que alguna se convierta en una innovación rentable que, con sus beneficios, paga con creces a las demás. Así ha pasado siempre, y no hay signos de que deje de ocurrir. Nadie sabe qué será rentable, pero saben que algo de todo eso lo será, y ello justifica con creces que se financie todo.

Se llama inversión de riesgo con visión a largo plazo. Esto no lo tienen los empresarios dedicados a la venta de ropa, al intermediarismo en comestibles, al diseño de bienes superfluos y de lujo, a la construcción o a la banca, actividades económicas muy poco tecnológicas que conforman la base de las fortunas de las 200 familias más opulentas de España. Y tampoco tienen tal cosa los gobiernos con actitud de ratones sacristía, visión chata, cortoplacista y convencidos de que si no se pueden imaginar algo, no existe.

Alejandro Fernández, diputado
del PP responsable de I+D en
su fracción parlamentaria.
(foto de su publicidad en campaña
por la alcaldía de Tarragona,
fair use)
El ejemplo más claro de esta visión gravemente disfuncional de la inversión en ciencia lo ofreció el diputado del Partido "Popular", Alejandro Fernández, responsable de investigación y desarrollo en la fracción de su partido en el Congreso al afirmar que su gobierno pretende replantear "la participación de España en los organismos científicos internacionales, cuyo retorno es dudoso". Según algunos científicos, estos organismos de "retorno dudoso" incluyen el Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN), la Agencia Europea del Espacio (ESA), el Observatorio Europeo Austral (ESO) o el Laboratorio Europeo de Biología Molecular (EMBL).

La pregunta, claro, es cómo sabe don Alejandro Fernández que el retorno de tales organismos es "dudoso", qué estudios ha analizado para llegar a esa conclusión y qué fuentes puede ofrecernos para sacar a España de esas organizaciones y excluirla de las eventuales patentes que generen. No lo sabemos, ni lo podemos saber, pero no proviene de los conocimientos profesionales de don Alejandro, un oscuro político tarraconense de profesión licenciado en ciencias políticas y que, habiendo perdido la alcaldía de su ciudad ante el socialista José Félix Ballesteros, pasó a ser diputado en las elecciones anticipadas.

Y sin embargo, de algún modo que astutamente nos oculta, sabe que esas cosas de la ciencia son de "retorno dudoso". Con la misma certeza con la que Íker Jiménez sabe que la ciencia oficial reprime a los grandes investigadores de extraterrestres y monstruos surtidos.

José Ignacio Wert,
ministro de Educación,
Cultura y Deporte
(foto del propio Ministerio,
usada com permiso, vía
Wikimedia Commons)
Desde el momento en que el Ministro José Ignacio Wert, ideólogo de la ultraderecha religiosa, declaró que irse del país es "lo mejor que pueden hacer" los científicos españoles y que la fuga de cerebros no le parecía grave, la situación quedó perfectamente clara. El científico en España sólo interesa si puede garantizar un retorno económico pronto, cierto y jugosísimo.

Esto explica también por qué las universidades, abandonando progresivamente su función social de generadores, depósitos y distribuidores del conocimiento, acuden más y más a las pseudociencias para obtener financiación. Ejemplo punzante es la cátedra de homeopatía que se compró en la Universidad de Zaragoza la empresa Laboratorios Boiron, que en países como Estados Unidos está pagando millones para desactivar demandas sobre sus falsas promesas. Otros muchos ejemplos se van acumulando de modo acelerado en La lista de la vergüenza que mantiene Círculo escéptico.

La ciencia no se pude medir con criterios económicos, de retorno, de rentabilidad, de beneficios inmediatos, a menos que la decisión política tomada por el gobierno de la derecha española sea de condenar al país a la compra de patentes para toda la eternidad. En una época histórica en la que el know how, el conocimiento, las patentes, la alta tecnología producen más riqueza que todas las actividades tradicionales, un gobierno cegato y medieval prefiere sumir a todo un país en la pobreza científica y tecnológica. Si por ignorancia, malo; si a sabiendas, peor.

El ikerjimenismo convertido en política de gobierno.

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