lunes, 2 de abril de 2012

2 de abril de 2012

En este blog dediqué muchas entradas a la cuestión de Las Malvinas.

Pueden ver anteriores post acá, acá y acá.

Considero que la diplomacia argentina está llevando el reclamo por los carriles correctos, a pesar de que las cosas tarden mucho en resolverse.

La diplomacia es así, sobre todo cuando tenés que pelearte con uno de los poderes fácticos que tiene al mundo agarrado de las pelotas. Ni te cuento a la ONU, que parece el hijo bobo de los miembros del Consejo de Seguridad.

Escribo este post porque necesito exorcizar algunas cuestiones que me rompen las pelotas, relacionadas con cierto progresismo liberal (también postearé una nota del Le Monde Diplomatique muy aleccionadora), que apoyan intelectualmente las posiciones del conservadurismo más rancio.

Apelan a cuestiones que tienen validez, pero que sostienen hasta alcanzar límites ridículos con tal de oponerse.

Utilizan tres fundamentos:

1) ¿Por qué no se hizo antes?

2) Hay cosas más importantes que resolver.

3) No se está respetando la institucionalidad.

Más allá de la validez de cada uno de los puntos, habría que plantearse que es lo que se propone como alternativa desde el progresismo liberal.

En el caso puntual de Las Malvinas, se han escuchado argumentos de todo calibre, pero algunos de los más disparatados se podrían enumerar en una película cómica barata.

Me parece que no hay mucho más que decir, excepto decirles a los tipos que fueron enviados al sur a pelear una guerra inútil, a ellos, decía, respeto, honor y gloria.



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