miércoles, 30 de mayo de 2012

La digital intimidad de los libros


[NOTA ORIGINAL EN Ñ]

En vez de asfixiarlas y empujarlas a la extinción, la red y las herramientas digitales les dieron un nuevo impulso a las pequeñas editoriales. Como dice el autor de esta nota, las transformaron en emprendimientos pasionales.

POR Rafael Cippolini 

No exageramos al señalar que el mayor porcentaje de la mejor literatura que leemos en nuestros días proviene de editoriales cuyo staff permanente ronda las cinco personas. Incluso menos. Y que sus catálogos no superan la docena anual de títulos. Sólo en nuestro país, basta con nombrar las producciones de La Bestia Equilátera, Caja Negra, Mansalva, Mardulce, Blatt & Ríos, Eterna Cadencia y Entropía, aunque afortunadamente son muchas más. Y no se trata solamente de “otro segmento de mercado” en el sentido económico, sino de un ecosistema libresco diferente al que conocíamos hace veinte años. Un dato clave es que todas estas editoriales son un reflejo –incluso involuntario– de la Era Web.

Mientas seguimos asistiendo al cada vez más envejecido debate sobre el futuro del libro (ediciones en papel compitiendo con cada vez más sofisticadas versiones digitales de e-books), poca reflexión encontramos disponible sobre los modos en que Internet sigue impactando en los modos en que se fabrican y consumen los libros en papel.

Por supuesto, es un fenómeno global y de época. En su última visita al país, Jacobo Siruela, creador de la editorial que lleva su apellido, narró cómo la red y las herramientas digitales posibilitaron que su trabajo ganara no sólo en precisión sino en intimidad. “La editorial la conformamos únicamente mi mujer, una secretaria y yo. Y cada uno de nuestros títulos –diez por año– los realizamos íntegramente desde nuestra casa de Ampurdán, a 96 km de Barcelona”.

En las cifras encontramos las claves. Las tecnologías digitales lo multiplican todo con extremada facilidad, pero al mismo tiempo provocan e inspiran situaciones como las que nos ocupan: la conciencia de publicar menos y mejor, de poseer un mayor control y arriesgarse con obras que ningún grupo editorial ficharía por antieconómicas.

Se ha glosado y mucho la teoría de Chris Anderson, editor de la revista Wired, conocida con el nombre de The Long Tail (que traducimos como la larga cola). En 2004, Anderson señalaba que las tendencias del mercado editorial, acusando el impacto de la web, indicaban que resultaba cada vez más rentable publicar una gran cantidad de títulos en tiradas pequeñas que unos pocos en grandes tiradas. Es claro que los best-séllers gozan de buena salud, pero no es menos cierto que un nuevo tipo de editorialidad gana más y más espacio. Y no nos referimos sólo a nuevos títulos y nuevos autores, ya que todas las editoriales citadas rescataron un número jamás menor de obras agotadas, inéditas en castellano, olvidadas y de autores tan consagrados como célebres.

Las bibliotecas que definen estas editoriales dan muestras de conocer muy bien las tradiciones, al punto de realimentarlas aportando elementos para cotejo y crítica. Si de cierto modo su intimidad las emparenta a las clásicas editoriales de poesía, el tipo de lector que parecen perseguir –invariablemente informado– quizás revele otro tipo de endogamia.

Siguen siendo masivamente habituales las quejas por los contenidos de la Web y la gigantesca cantidad de basura que alimenta sus tráficos. No curiosamente, estas editoriales que se vienen alimentando con los beneficios de las tecnologías digitales que Internet aglutina y disemina, resultan indiscutiblemente cuidadas. Agrego otro calificativo, a riesgo de cursilería: son emprendimientos pasionales. Pensemos en Pequeño Editor, en Editorial Común, o en El Gourmet Musical, abriéndonos a otros géneros. Son catálogos de fans.

Sería sencillo argumentar que al viejo y noble oficio de imprimir libros (una persistencia de más de cinco siglos) se le ha inoculado una dinámica tecnológicamente aggiornada como lo es la digital. Creo que sería desfocalizar el punto. En 2010, Alejandro Piscitelli llevó adelante el seminario “¿El Paréntesis Gutenberg?: La conversión digital como proceso”, que disparó la pregunta ¿los 500 años de historia de texto impreso que tenemos o tuvimos no habrán sido otra cosa que un mero paréntesis entre el mundo oral de casi toda la historia? Alimentados por esta intriga resulta más sencillo sortear el facilismo de describir la peculiaridad de las editoriales que nos convocan como mera continuidad “en tiempos de digitalidad” de emprendimientos independientes como en su época lo fueron –y en algunos casos lo siguen siendo– ediciones como las de Jorge Alvarez, Argonauta o Biblos. Recordemos que a mediados de los 90, cuando en Buenos Aires recién despuntaban los primerísimos cibercafés, La Marca Editora proveía a sus clientes de un kit de navegación para Internet.

A veces se olvida que el libro también es una tecnología y como tal cumple un rol histórico. Pero esto no significa, de ningún modo, que los desarrollos digitales provean invariablemente de soluciones y revocaciones inmediatas. El pasaje, para ganancia de todos, es más complejo. La cultura digital muy lejos está del mero reemplazo de un hardware o un software. Por el contrario implica toda una serie de reacomodamientos culturales que de modo alguno pueden diagnosticarse a priori .
Blanchot nos enseñó que un libro no sólo es un conjunto de hojas impresas entre dos tapas, sino uno de los formatos en los que concebimos nuestros modos de entender y analizar nuestros entornos y auscultar las formas en que aprendemos. Todavía un libro es bastante más que un mero soporte de datos. Mallarmé supo decir que “el mundo existe para llegar a un bello libro”. Como toda tecnología, antes que nada el libro está en nuestras cabezas, en el modo en que utilizamos nuestros sentidos. McLuhan lo supo mejor que nadie.

Cada vez resulta más claro que la Web elimina lo superfluo del mundo editorial y que redefine sólo un sector de las impresiones tradicionales, mientras que por el contrario facilita e impulsa las que sospechamos más necesarias. Mucho más interesante que profetizar sobre el futuro del libro debería ser preguntarnos qué significa hoy ser un lector. En qué nos parecemos o diferenciamos de otro lector de hace cincuenta años.

Al fin de cuentas, los malos lectores no son un invento de esta época y ágrafos, como sabemos, hubo siempre.

 

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